Seminario Las Iglesias Cristianas ante el Conflicto Armado Colombiano


ACCIONES DE RESISTENCIA, PAZ Y RECONCILIACIÓN


En este Seminario que nos convocó los días 22 y 23 de septiembre; la memoria histórica, la experiencia personal y la reflexión teológica, se unieron a la esperanza de los creyentes para continuar en la lucha por la Paz y la Reconciliación.

Lo cual, en un país como Colombia, abierto por las heridas de la guerra, es un asunto que nos compete a todos; por esta razón, las instituciones públicas y las iglesias cristianas rompieron barreras y diferencias institucionales, para articular esfuerzos en la lucha por la defensa de los Derechos Humanos.

El Encuentro abordó los temas teniendo en cuenta tres líneas de acción: Profetismo y Denuncia; Diálogos y Mediación; y Acompañamiento, Resiliencia y Construcción de Culturas de Paz.

Con respecto a la primera línea de acción, hoy denunciamos que, en muchas regiones del país, los grupos armados han logrado establecer sus redes y mecanismos de represión contra la población civil, condenando a comunidades enteras al olvido histórico, social y político. La iglesia le compete y se compromete en cumplir su misión evangélica y social, aunque esta no es de orden político o económico, pero su mensaje de fe brinda luces a la comunidad humana.

La misión evangélica se convierte en un imperativo social

Asistimos a la dicotomía del pueblo colombiano con un gran y profundo sentido religioso. Pero la confusión, el ostracismo sociopolítico de las regiones marginadas y atropelladas por el conflicto, ha ocasionado que prime lo inmoral, la violencia y la corrupción: en síntesis, hay un olvido de Dios.

Un Dios colombiano, olvidado por su propia gente, hace más difícil la tarea y la misión eclesial de la denuncia profética. Sin embargo, es indispensable que la Iglesia mantenga este trabajo pastoral, como esperanza, acompañamiento y fortaleza de aquellos olvidados. Así, se podría decir que estamos caminando en los ideales del Evangelio de la Buena Nueva de Esperanza.

Esta tarea nos invita a la autocrítica, porque como Iglesia y cuerpo de Cristo, reconocemos nuestro fallos y errores humanos, que no hemos logrado estar a la altura suficiente de lo demandando por la realidad colombiana. Aunque esto no impide reconocer la voz de justicia y la luz en la oscuridad que han levantado miembros de la comunidad eclesial.

Son estas personas, quienes representan un ideal que los trasciende, el del Evangelio, y a una institución que en ocasiones no los comprende, la Iglesia ha logrado ganar credibilidad social ante los distintos actores sociales del conflicto colombiano, y así, como mediadores del diálogo y la reconciliación, han logrado ser garantes en la defensa de los Derechos Humanos. De esta manera, hoy podemos hablar de una Iglesia y unos miembros activos encarnados con el pueblo, con su identidad social y cultural, así como en su dolor y sufrimiento.

La fe cristiana colombiana, por ende, se compromete en la denuncia profética de aquellas acciones que desconocen la justicia y la equidad; proclamando a un Dios que quiere la Paz y la Justicia por amor a la humanidad, para salvarla en sus realidades sociales, económicas y políticas.

Diálogos y Mediación

Las iglesias cristianas han experimentado en su mediación social que la paz es un don de Dios, pero al mismo tiempo, una conquista humana. El desarrollo de la misma se da en una vida comunitaria. Por ello, hoy invitamos al diálogo, a la enseñanza en el amor y al perdón social.

Es importante entender que la paz necesita de soportes sociales como el amor, la justicia, la verdad y el perdón. Pero en una sociedad desgarrada por la violencia, estos pilares se han perdido. Realidad que desembocó en una emergencia humanitaria compleja: la violencia alcanza una dimensión histórica en la transgresión de los Derechos Humanos. Apremia el establecimiento de un Acuerdo Humanitario para el avance hacia la paz.

Sacerdotes y pastores han mediado para frenar o calmar esta situación de crisis social. En regiones donde los grupos armados obstruyen la democracia, la libertad y la vida misma para evitar la autonomía comunitaria: pero la presencia eclesial ha ayudado a los campesinos a reclamar sus derechos, a enfrentarse a los actores y propiciar la reconciliación y el perdón.

Orar y trabajar por la paz

Los pastores de la Iglesia de Cristo, han de reconocer sus límites, sabiendo que siembran la semilla del amor del Reino en una sociedad enferma, pero con la esperanza puesta en Dios en que esta semilla germinará en amor y paz para Colombia.

En palabras del Padre Rafael Castillo Torres, Director de la Pastoral Social en Colombia, “la escucha paciente trae verdad, diálogo sincero y perseverante. Si se escuchan otras voces en espacios de compromiso, hallaremos nuevos caminos de justicia y libertad. Quienes nos guiamos por la ciencia de la revelación, no debemos ser ingenuos sino avanzar con realismo y esperanza; quienes queremos caminar con el pueblo, a la manera de Jesús, somos conscientes de nuestros propios límites.

Lamentablemente nuestro pueblo tiene una moral enferma, ¿y cuál es esa enfermedad que no deja que vivamos en paz?: la primera enfermedad es una memoria patológica: pues nosotros hemos sembrado resentimientos y debemos reconocer, reparar y comenzar de nuevo. Bienvenido el Informe de la Comisión de la Verdad. La segunda enfermedad el sacrificio de la verdad: la guerra y la violencia engendran corrupción, así que estamos ante la reconciliación como renovación, por lo cual debemos obediencia a la verdad. La tercera enfermedad es el eclipse de la vida: grupos ilegales de todo tipo no respetan la vida. Bienvenida la renovación del espíritu. La cuarta enfermedad es la ‘Cainización’ de la vida: que es un “sálvese quien pueda”. La quinta enfermedad es la Ideologización de la Esperanza: el facilismo, estilo propio de la sociedad de consumo. Debemos vivir con austeridad para que no nos ‘ahoguemos’.

Ahora me refiero al carácter de Jesús citando el capítulo cuarto de Juan, donde se ilustra que el primer escenario del diálogo, debe ser cautivador; pues es Él quien se acerca a la Samaritana -con todo lo que le significa acercarse- su vida es un continuo peregrinar y necesita descansar junto al pozo del manantial. Jesús inicia un diálogo edificante que demanda nuevos paradigmas. Jesús es quien le pide una acción de misericordia, le pide agua, demostrando cómo nuestras necesidades básicas son las que nos unen, dejando a un lado nuestras diferencias. Jesús nos enseña también cual es la actitud que debemos tener, pues no se dirige a la mujer con superioridad ni arrogancia, todo lo contrario, la mira y la trata con respeto.

Él le presenta nuevos ambientes y nuevas posibilidades, crea un clima de confianza cuando le dice “si conocieras el Don de Dios” le dice a ella, quien no conoce nada gratuito y cuando lo escucha hablar de un manantial eterno, en ella se despierta la necesidad de paz “Señor, dame de beber”. El pasaje también pone de relieve la Transformación, la importancia de la Comunicación de Dios, pues siempre podemos hablar entre necesitados.

Dios es amor y solo amor

Otro ejemplo de que en Colombia el Reino de Dios necesita establecerse y arraigarse, se da en Hechos de los Apóstoles cuando Jesús no condena a la mujer adúltera pues lo condenable no son las personas sino el sistema. Recuerdo la expresión de un reincorporado sobre Jesús “Él era buena gente, bonito encontrarse siempre con gente así”.

Jesús celebra la vida y celebra a Dios, siempre nos recuerda que hay que ser buena noticia, hay que hacer el bien y ser convenientemente fastidiosos e incómodos. Es una buena noticia que Jesús sea hermano nuestro”. Afirmó el Padre Castillo, Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social.

Acompañamiento, Resiliencia y Construcción de Culturas de Paz

El acompañamiento en la construcción de una cultura de paz que han realizado las iglesias cristianas, se caracteriza por la promoción del respeto de la dignidad humana y de los derechos humanos. La praxis pastoral de la fe cristiana camina en la búsqueda de la reconciliación, la justicia y la caridad en las estructuras sociales, en perspectiva del Reino y del mensaje Evangélico.

La Iglesia acompaña a las víctimas y a los desplazados; los acoge y apoya ante las denuncias y luchas contra el Estado y la sociedad colombiana, para que asuman la responsabilidad de la crisis humanitaria producida por la injusticia y la violencia. Proféticamente se denuncia y evidencia la injusticia buscando el restablecimiento de la dignidad humana.

El trabajo hermenéutico eclesial ha interpretado los signos de los tiempos, y ha encontrado una sociedad víctima de su propia injusticia, que violenta, desplaza y asesina a sus comunidades. Por ende, las iglesias tratan de acompañar a las víctimas y empoderarlas para luchar por la paz y la justicia.

El Seminario concluyó invitando a todos a continuar con la misión evangélica de anunciar la esperanza, el amor y la misericordia de Dios, de la mano con la denuncia de las injusticias sociales. Pues no podemos olvidar que la fe en Dios es un arma de resistencia, que Dios es real y ayuda afrontar la cruenta situación colombiana. Resistir desde la fe, en unión con la Iglesia y la comunidad de creyentes, ha dado testimonio de confrontación no-violenta contra los violentos. La historia de fe nos enseña que Dios se manifiesta en las situaciones límites y da fortaleza a su pueblo.

Por consiguiente, ante amenazas de los grupos armados, podemos decir que la oración y la acción pastoral son fundamentales para resistir a la embestida criminal y violenta. De ahí que la riqueza colombiana va más allá de lo material, antes bien, su riqueza se encuentra en la unión y solidaridad de su pueblo que lucha por la paz.

Es importante, entonces, recuperar el tejido social, integrar a las familias y crear redes para trabajar por la paz. Así como mantener el trabajo ecuménico entre iglesia cristianas, pues un mismo pueblo de fe enfrenta una misma situación de injusticia y violencia.

Por último, cabe decir que la paz como valor del Reino es un punto de partida fundamental, porque no excluye a nadie, incluye a la gente difícil, a la gente golpeada y a la que tiene intereses diferentes. No hay que perder la esperanza en la construcción de paz, debemos seguir siendo artesanos de la paz desde la fe cristiana. Cuando el Estado es débil, la Iglesia debe tomar la determinación de luchar por la justicia.


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